Eraclio Zepeda juguetón de las palabras

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Eraclio Zepeda juguetón de las palabras

El escritor chiapaneco, reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2014, recrea su vida literaria y su andar por decenas de países

 

CIUDAD DE MÉXICO.- Un reloj de estructura italiana y maquinaria francesa, que tiene 160 años en la familia, marca fiel las horas y los días del cuentista y novelista chiapaneco Eraclio Zepeda (1937).

“Es uno de los pocos objetos que se conservaron, junto con algunos libros, después de que mi abuelo perdió su finca en Chiapas durante la Revolución mexicana. Ese reloj ha sido muy solidario, pues cuando se muere un miembro de la familia se detiene. Ya se ha parado cinco veces”, cuenta el también antropólogo.

El narrador, quien obtuvo el pasado 14 de octubre el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2014, en el campo Lingüística y Literatura, que comparte con la poeta Dolores Castro, vive rodeado de historias que cuenta con gracia y fluidez.

“Me gusta mucho la oralidad”, afirma el poeta que se considera un juguetón de las palabras. “En la casa paterna había dos bibliotecas. La de libros, que era muy rica, y la de palabras, pues en la sobremesa mi papá inventaba historias maravillosas, nunca lo oí repetir una”.

En su estudio-biblioteca-refugio de su casa de la colonia Condesa, rodeado de sus objetos queridos, Laco Zepeda, como le dicen de cariño, comenta a Excélsior en entrevista que su abuelo y su padre, Chiapas y los indios mayas han estado presentes en su obra desde el principio y la siguen nutriendo.

“Siempre he pensado que ser profundamente local es el único camino que te lleva realmente a la universalidad. Únicamente se puede ser universal si se es profundamente nacional. Si tus raíces están bien asentadas en tu tierra, los frutos pueden estar en cualquier lugar del planeta”, dice sin dudar.

El escritor viajero, quien jugó un partido de futbol con el mítico CheGuevara, fue soldado cuando la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba (1961), al lado de Fidel Castro, fue amigo del poeta Roque Dalton, profesor en Pekín y corresponsal cinco años en Moscú, evoca los episodios clave de su vida y los revive complementados con onomatopeyas y
ademanes.

“Fui un muchacho fuerte, con energía, sabía que no había un lugar en la Tierra que no pudiera visitar. Estuve en África, en el Ecuador, en el Polo Norte, en los grandes desiertos del Asia Central, en Siberia; recorrí la Ruta de la Seda y conocí el Tíbet, Letonia, Lituania, Estonia, Uzbekinstán, Bujara, Samarkanda y la Selva Lacandona”, señala.

Todos estos recorridos, siempre acompañado de su esposa desde hace 50 años, la poeta Elva Macías (1944), serán convertidos en las crónicas literarias que integrarán el primer libro que dedica a este género, que aún trabaja y planea publicar el año entrante.

El tercer Eraclio

El autor de Asalto nocturno y Andando el tiempo (Premio Villaurrutia 1982) es el tercer Eraclio Zepeda de su linaje. “Tuve la fortuna de nacer en una familia con tradiciones literarias. Mi abuelo, el primer Heraclio (con “H”), era un poeta local, absolutamente autodidacta. Su madre lo educó y tenían en la finca una biblioteca muy extensa, en la que él se formó.

“Por cierto, él decidió quitar la “H” de su nombre en señal de reto, cuando iba a luchar contra las tropas francesas en Puebla. El general que iba al frente se alegró de que su nombre tuviera 14 letras y no 13, que es de mala suerte. Entonces, mi abuelo se quitó la “H” para ver cómo les iba y perdieron”, explica entre risas.

“Mi padre, que ya nació sin “H” como yo, fue un periodista, un activista social y político; buen cuentista, publicaba sus textos en su propio periódico, Renovación. Sobrevivió a dos atentados y se exilio en Guatemala, donde conoció la literatura moderna, a Miguel Ángel Asturias y el materialismo histórico”, detalla.

El militante de diversos partidos de izquierda y exdiputado explica que su primer encuentro con la palabra escrita y su fascinación por ella ocurrió en la escuela primaria, donde hizo un periódico mural y escribió obras de teatro.

El periódico se hacía en la imprenta del poeta Chanti Serrano, padre de Irma Serrano, quien más tarde se convirtió en La Tigresa. Don Eraclio narra cómo conoció a aquella jovencita.

“Estábamos unos diez chamacos en el patio de la casa, compaginando el periódico. De una puerta abierta salía un sonido intrigante. De repente, apareció el pie más bello que había visto en mi vida, y luego una pantorrilla, y luego la rodilla. Me di cuenta que era una muchacha que se mecía en la hamaca. Ya nadie trabajaba. Todos la veíamos. Hasta que su padre gritó ‘¡Cierren esa puerta!’”, recuerda.

Después cursó la secundaria, donde conoció a los hoy también poetas Juan Bañuelos y Óscar Oliva. Más tarde, se trasladó a la Ciudad de México, a una escuela militar, donde se hizo amigo de Jaime Labastida y de Jaime Augusto Shelley. Los cinco, ya en la UNAM, bajo la conducción de Agustí Bartra, publicaron la antología La espiga amotinada, que le dio nombre al grupo.

La experiencia cubana

Tras perder una beca que el gobierno checo les ofreció a él y a Oliva para estudiar en Praga, debido a que no pudieron reunir el dinero para pagar su boleto de ida, como se los solicitaban, Eraclio Zepeda pasó seis meses en la Selva Lacandona, “recorriéndola, conociéndola y conviviendo con los indios”. Vivencias que más tarde inspirarían los cuentos de Benzulul(1959).

Posteriormente, el autor de Horas de vuelo indica que se fue a estudiar antropología a la Universidad Veracruzana y de ahí partió a Cuba. “Los jóvenes vivíamos en 1960 una experiencia singular: la Revolución cubana. Habíamos solicitado ir de voluntarios. En julio ya estaba en la isla. Fue un deslumbramiento ver nacer una nueva sociedad, y la erradicación del analfabetismo”.

Después, el narrador aceptó dar clases en la Universidad de Santiago de Cuba, donde lo sorprendió la Invasión a Bahía de Cochinos, en la que participó como soldado, lo que le dio la oportunidad de conocer a los legendarios líderes de esta lucha: Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

“Llegamos a Playa Girón cuando la batalla ya se había ganado. Se estaba llendo un barco con los mercenarios que nos atacaron. En eso, llegó un tanque y disparó un cañonazo, hundiéndolo. Al brincar quien disparó nos dimos cuenta que era Fidel, quien empezó a caminar y nos sumamos corriendo. De repente, entre los escombros de las casas salió un muchacho de 18 años con un fusil y lo apuntó; pero Fidel, sin inmutarse, sólo le dijo con voz enérgica: ‘Tira eso, que te vas a comprometer’. Se sentía su autoridad moral”, cuenta.

Y narra cómo al Che Guevara le ganaron 2-0. “Con la crisis de los misiles nos trasladaron a Nils Castro y a mí de La Habana a Santiago. En el camino, unos muchachos nos invitaron a jugar futbol. Yo era el portero. En eso, llegó un jeep y bajó un muchacho diciendo que un compañero quería jugar. Y era el Che. Se quitó la pistola, la camisola y, como era asmático, se puso de portero. Era bueno. Y cada vez que atrapaba un balón sacaba su aparatito. Hubo un momento que Nils, que era muy ágil, se fue directo a la portería y el Che se le echó a los pies. Nils saltó y le dejó la pelota. El Che se puso furioso y le reclamó por qué no la defendió. Le dijo que no se preocupara del grado que tuviera el portero, que él metiera el gol”.

A estas “experiencias inolvidables”, añade Zepeda, se han sumado muchas más en Pekín y Moscú, donde nació su única hija, María Esperanza, Masha. “Yo tengo una esposa, una hija y una nieta”. Pero la constante de todos sus viajes es que escribe cuentos en las diferentes geografías.

A partir de 2000, aclara, decidió que era hora de pasar del cuento a la novela y durante 12 años se dedicó a escribir cuatro novelas, inspiradas en la historia de su familia y en los elementos de la naturaleza: Las grandes lluvias, Tocar el fuego, Sobre esta tierra y Viento del siglo.

Ahora, Laco trabaja en un nuevo libro de cuentos, y en el de crónicas literarias “del mundo que me ha tocado ver y los lugares extraños en los que he vivido”. Lo que sí dejó para siempre, admite, es la poesía. “Desde que me casé con Elva Macías, me di cuenta que la poeta de la casa es ella”.