Cuando el pequeño pueblo de los Naranjos dormía, cuando los ruidos del mundo se apagaban y todo se volvía apenas un susurro en la distancia, Pablo un pequeño de 8 años, con una condición que ni su mamá, ni la demás gente entendía, se sentaba en la azotea con su telescopio y miraba hacia arriba. Para él, el cielo no era solo un espectáculo de puntos titilantes, era un idioma secreto, una conversación que nadie más parecía escuchar, una ecuación matemática perfecta.
Desde más pequeño, Pablo había sentido que el mundo de los demás funcionaba con reglas que él no terminaba de entender, su madre decía que él era especial, no porque tuviera algún tipo de super poder, era tan solo una forma sutil para no decirle raro o enfermito. La mente de Pablo era como una constelación llena de conexiones únicas, pero a él no le importaban las palabras difíciles, no las complicaciones, solo sabía que había cosas que los demás disfrutaban—las fiestas, los abrazos, el bullicio de las plazas—que a él lo hacían sentir como si alguien encendiera un millón de cuetes en su cabeza al mismo tiempo, demasiado ruido, demasiado todo. Pero el cielo no, el cielo era perfecto.
Aquella noche, el aire olía a tierra húmeda, su madre dormía abajo, con una vieja televisión encendida en un volumen casi imperceptible, Pablo ajustó su telescopio con movimientos precisos, como un astrónomo experimentado, buscaba la Luna, pero algo distinto atrapó su atención. Un destello, un parpadeo, no era un satélite ni una estrella fugaz., era algo más. Con la paciencia de un cazador de galaxias, Pablo fijó la vista en ese punto diminuto y allí, en la distancia imposible, lo vio. Un ojo, un ojo grande, verdoso, brillante. Se quedó inmóvil, sintió el latido de su corazón acompasado con el latido del universo entero, no era posible o sí.
El ojo parpadeó, Pablo, con un movimiento casi instintivo, hizo lo mismo.
El ojo se hizo más pequeño. No, no más pequeño… Se alejó un poco, como si quien lo tuviera retrocediera y entonces, por el campo de visión del telescopio, apareció un rostro, no era humano, pero tampoco era aterrador, dos ojos inmensos, de un negro profundo como el mar en una noche sin luna, una piel verdosa, luminosa, como si guardara el reflejo de mil soles dentro de sí.
Pablo sintió un cosquilleo en los dedos, sintió algo dentro de él y supo lo que tenía que hacer.
Levantó la mano y dibujó un círculo en el aire, el ser del otro lado hizo lo mismo, era un lenguaje sin palabras, sin sonidos, un lenguaje de gestos, de luces y sombras, Pablo tomó una linterna y la encendió dos veces, desde la otra orilla del cosmos, una pequeña luz titiló en respuesta.
Cada noche, durante las siguientes dos semanas, repitieron el ritual, se encontraban a través de la lente, jugaban a imitarse, dibujaban en el aire, se hablaban sin palabras, a veces, Pablo le mostraba objetos: una canica azul, una pluma de cuervo, una figurita de astronauta, del otro lado, su amigo verde le respondía con luces intermitentes, con movimientos fluidos que parecían danzas celestiales, Pablo decidió llamarlo Luu.
Una madrugada, mientras el cielo parecía derramarse en un océano de estrellas, Luu levantó su mano y dibujó algo distinto en el aire, un corazón, Pablo sintió un nudo en la garganta, había pasado tanto tiempo sin encontrar a alguien que lo entendiera sin esfuerzo, sin preguntas, sin expectativas. Dibujó un corazón también.
Esa noche supo que, sin importar cuántas veces el mundo le resultara demasiado ruidoso, sin importar cuántos adultos le pidieran que fuera distinto, siempre habría un pequeño destello en el universo que le recordaría que no estaba solo y así, bajo la cúpula infinita del cielo, el niño y el marciano siguieron encontrándose, sin palabras, sin promesas, solo con la certeza de que, en algún rincón del universo, alguien te puede ver, te puede entender y te puede responder con la misma luz que llevas dentro.